Cosmograma

¿QUÉ ES LA FILOSOFÍA ADVAITA?

Advaita es una palabra sánscrita que significa «no dos». Con ella se nombra algo que las palabras no alcanzan a decir: que la realidad no está partida en pedazos, por mucho que nuestra experiencia diaria insista en lo contrario. Es el fondo del que beben el Vedanta, el Zen, el taoísmo, el sufismo, el tantrismo y los místicos cristianos; cada tradición lo formula a su manera.

Llegué a esta filosofía por la misma puerta por la que mucha gente llega a la astrología: con la pregunta de quién soy. Y después de muchos años mirando cartas natales, fui viendo que esa pregunta no se responde en los planetas ni en los aspectos. Se responde en el centro del círculo, ese espacio vacío del que apenas se habla.

Adi Shankara fue quien sistematizó esta doctrina hace siglos. Mis referencias más cercanas son Ramana Maharshi, que la trajo al siglo XX, y Sri Nisargadatta Maharaj, cuya voz quedó recogida en Yo soy Eso. De Nisargadatta viene Ramesh Balsekar, y de Balsekar viene Wayne Liquorman (Ram Tzu), que habla de todo esto con una claridad desnuda y en un lenguaje occidental, sin la terminología hinduista que suele acompañar al advaita oriental.

¿QUIÉN SOY?

La pregunta parece sencilla y no lo es. Lo que solemos llamar «yo» se identifica con el cuerpo, con la personalidad, con la biografía, con el nombre. Todo eso cambia con los años. Y mientras cambia, hay algo que permanece y que está presente en cada uno de esos cambios. El advaita señala justamente ahí.

Que la separación nos resulte tan evidente tiene una explicación: la mente conceptualiza, y conceptualizar consiste en definir; es decir, en dividir en partes lo que no está dividido. Cuando la mente suelta ese trabajo, la unidad se revela como un hecho objetivo, sin necesidad de creer en nada. Ante la pregunta «¿quién soy yo?», la respuesta es la no conceptualización. Un «Yo soy» seguido de silencio la sugiere mejor que cualquier explicación.

De ese silencio se deduce que con palabras no se llega. El advaita se puede empezar entendiendo con la cabeza; si la comprensión se hace honda, va bajando al corazón y a los gestos de cada día. Y al final aparece que no había nada que entender: el propósito de la vida es vivirla, con todo su misterio y con la conciencia disponible en cada momento.

EL EGO, EL LIBRE ALBEDRÍO Y LA RESPONSABILIDAD

Maharshi lo dejó dicho de una forma que cuesta olvidar: somos el hacedor de lo que hacemos, aunque no seamos su autor. El individuo separado, independiente y autónomo es una idea; muy convincente, pero una idea. Los actos que le atribuimos brotan de eso mismo que las tradiciones llaman Ser, Vida, Tao, Unidad o conciencia.

Aquí es donde esto se vuelve interesante, porque toca el libre albedrío. Puedes hacer lo que quieras, desde luego. La pregunta incómoda es otra: ¿eliges tú lo que quieres? Nadie decidió el temperamento con el que nació, ni la época, ni la familia, ni las cosas que le conmueven. No pretendo cerrar esta pregunta; me parece que vale más habitarla que resolverla.

Con la responsabilidad ocurre algo parecido. Queda intacta la de vivir las consecuencias de lo que sucede a través de uno. Y el karma sigue funcionando, porque toda acción tiene consecuencias, aunque deje de ser un asunto personal.

El ego, entonces, sería como el contenido de una burbuja: una idea sin sustancia propia, visible por la conciencia que la envuelve, la sostiene y le da vida. Watts lo dijo mejor: «somos Dios jugando al escondite consigo mismo». A esa conciencia identificada en un ego que somos le agrada sostener el olvido de sí misma para que pueda darse el juego de la vida.

ADVAITA Y ASTROLOGÍA

Astrología y advaita se complementan y se validan mutuamente. La astrología funciona porque en el fondo todo es uno; al mismo tiempo, una vez que la hemos puesto a prueba y verificamos que es real, ésta confirma el modelo holístico, no dual, que postula el advaita.

Cuando miramos una carta natal desde su centro, vemos al ego desplegándose con todas sus luces y sombras. La vida nace del centro vacío y a partir de allí se extiende por toda la carta. Aquello que realmente somos tiene que ver tanto con esa conciencia que observa toda la manifestación como con lo que vemos manifestarse. Podemos observar nuestros apegos lunares precisamente porque no somos enteramente nuestra Luna condicionada; de igual manera que con nuestra ira marcial, nuestra importancia personal solar, nuestra gula venusina, y así con todo lo que va emergiendo de nuestra carta. Somos al mismo tiempo el observador y lo observado; aunque realmente no haya una separación entre ambos.

Somos fractales universales o, como diría Masaru Emoto, somos agua cristalizada de manera singular. Todos los elementos de nuestra carta nos hablan de cómo es nuestra cristalización y el centro nos recuerda que nuestra verdadera naturaleza, más allá de la forma que tome, es agua. No somos una ola en el océano; somos el océano en una ola. El círculo central remite a lo que todos somos en común: la vida misma. Por eso podemos mirar miles de cartas y el centro siempre permanece inmaculado e inmutable, sin ser atravesado por ninguno de los aspectos. Si levantamos la mirada, de él nacen todas las cristalizaciones distintas del Ser; sus «formas» de «ser».

Una carta natal es virtual en sí misma; una representación en dos dimensiones de cómo estaba el cielo en el instante en que empezamos a respirar de forma autónoma, aunque ese cielo nunca se congeló realmente. Le hicimos una foto y nos quedamos felices de sentir que éramos esa fracción de la película completa, pero ese instante nunca estuvo separado ni del anterior ni del siguiente. Nos gusta tener un nombre, un cuerpo y hasta una carta natal que nos demuestre y nos dé la seguridad de que existimos.

Lo valioso de la carta es que justamente incluye el centro: la salida del laberinto (del griego labyr inthos, «labor interna»). En ella podemos ver cómo nos descentramos y al mismo tiempo cuál es el camino de vuelta para cada uno de nosotros. No hay caminos mejores que otros; todos se encuentran en la cima de la montaña.

LA CIENCIA, Y AHORA TAMBIÉN LAS MÁQUINAS

La física del siglo XX empezó a describir un universo en el que el observador no está fuera de lo observado, y buena parte de la investigación actual sobre la conciencia apunta a que la sensación de ser alguien que decide se construye después del acto. Nada de esto demuestra el advaita, ni le hace falta; resulta llamativo que caminos tan distintos vayan señalando en la misma dirección.

Las máquinas han añadido hace poco una pregunta que antes era de laboratorio. Los sistemas de inteligencia artificial razonan, escriben y conversan. ¿Son conscientes? Para responder hay que decir antes qué entendemos por conciencia, y es ahí donde se nota que los modelos que la explican como un simple producto del cerebro se quedan cortos.

EN LA VIDA COTIDIANA

Todo esto serviría de poco si se quedara en el terreno de las ideas. Cuando uno va sintiendo que no es el autor de lo que ocurre, ni de la personalidad que le tocó, algo se relaja. Se empieza a aceptar; y con ello, a aceptar a los demás tal como son, con las luces y las sombras propias del plano dual en el que vivimos.

Amplío estas implicaciones cotidianas en la cuarta parte de mi libro «Somos Cosmos» y en los libros que recomiendo al final de esta página.

En el siguiente vídeo relaciono la astrología y la filosofía advaita:

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

  • ¡A quién le importa! Ramesh Balsekar
  • Yo soy eso. Sri Nisargadatta Maharaj
  • Perfecta Brillante Quietud. David Carse
  • Escritos Póstumos. Wei Wu Wei
  • La Iluminación no es lo que crees. Wayne Liquorman
  • No way. Para los espiritualmente "avanzados". Ram Tzu
  • La más profunda aceptación. Jeff Foster
  • Lo que es: el secreto abierto a una vida despertada. Tony Parsons
  • Ya estás despierto. Nathan Gill
  • Deseo, pasión y espiritualidad. Daniel Odier
  • El latido de lo Absoluto. Mooji
  • Dejar la luna libre. Éric Baret
  • Somos Cosmos. Andrés Zuzunaga